Athalia
El milagro de crear vida - Birth story
Athalia es el nombre de mi segunda hija. Su raíz, “Atah”, en hebreo, significa sublime, aquello que tiene la capacidad de elevarse por encima de cualquier límite. Días antes de su llegada, un águila apareció en mi ventana. Se posó allí, majestuosa y serena, como si viniera a anunciar algo. Sentí que no solo me avisaba que su nacimiento estaba cerca, sino que traía consigo un mensaje sobre la energía que ella encarnaría.
Cuando observas el significado espiritual del águila, comprendes que representa la visión superior, la libertad y la capacidad de elevarse por encima de las tormentas. Su vuelo no huye del viento: lo usa para ascender. Y así sentí que sería Athalia, un alma que vendría a recordar el poder de elevarse incluso en medio del caos.
Como es normal, en los días previos a la llegada de un bebé la mente empieza a sobrepensar y reevaluar cada decisión de la vida. Por momentos me sentí insegura con el nombre que habíamos elegido, aunque en el fondo sabía que ella misma lo había escogido.
¿Cómo? —te preguntarás.
Al igual que con mi primera hija, Galilea, durante una meditación le pedí a Athalia que me mostrara señales claras, guía y dirección sobre cómo quería ser llamada. El nombre que más resonaba en mi corazón era ese, Athalia, pero no había recibido aún una confirmación tan evidente… hasta un día en que llevé a Gali a su primer día de colegio después del summer break.
Al entrar al salón, sobre una de las mesas había un dibujo con letras del nombre “a-t-a-l-i”
Y aunque las señales no se racionalizan —porque se sienten directo en el pecho—, supe que no era casualidad. Ningún niño de su clase se llama así, ni escribe aún con tanta claridad. Sentí profundamente que fue el alma de mi bebé quien colocó ese mensaje allí, como una caricia invisible que decía: “Soy yo, mamá.”
Tiempo después llegó el águila, y con ella la confirmación absoluta: su nombre y el significado espiritual del águila vibraban en la misma frecuencia.
Y entonces comprendí algo: la mayoría de las personas cree que estos “milagros” o sincronicidades no les ocurren… pero sí suceden, cuando te permites creer, cuando dejas espacio a la magia disfrazada de casualidad, que en realidad no es más que la vida susurrándote que estás en el camino correcto.
El 29 de octubre hice mi meditación de “afirmaciones para el parto”. Sentí el impulso de grabarla, con la intención de compartirla con otras mujeres que estuvieran transitando el mismo proceso: ese vaivén entre el miedo y la emoción, entre la incertidumbre y la certeza de que pronto ocurrirá el milagro de la vida, el nacimiento de un hijo.
Al finalizar la meditación, hablé con mi bebé. Le pedí que me enviara una señal clara cuando llegara el momento perfecto para ir al hospital, cuando ella estuviera realmente lista. Mi fecha probable de parto era el 4 de noviembre, y sabiendo que vivíamos a una hora de distancia del hospital, le dije con dulzura que si rompíamos fuente, esa sería nuestra señal ideal.
Sabía que solo entre el 10% y el 15% de las mujeres rompen fuente antes de iniciar el trabajo de parto —nada que ver con lo que muestran las películas—, así que no estaba “atada” a esa expectativa. Pero, en mi caso, ese sería el escenario perfecto: llegar al hospital con la certeza de que el proceso había comenzado, sin el riesgo de ser enviada nuevamente a casa.
Terminé mi meditación con el corazón liviano, la compartí con otras mujeres, y me fui a dormir… sin imaginar que esa misma noche, el universo ya estaba preparando el escenario para su llegada.
A las 4:00 a.m., como suele ocurrir en el último trimestre, me levanté por décima vez al baño. Pero esta vez fue distinto: sentí un pequeño hilo de agua correr por mi pierna, y pensé —con humor y algo de negación—: “Debe ser normal… tal vez me hice pis, quién sabe” (lol).
Regresé a la cama, pero enseguida empezó un dolor bajo en el vientre, muy parecido al que se siente justo antes de comenzar el ciclo menstrual. Cerré los ojos e intenté dormir, convencida de que aún faltaban varios días.
Unos veinte minutos después volví al baño, y en medio del camino sentí un chorro de agua mucho más fuerte que el anterior. Esta vez ya no había duda. Mi instinto natural me llevó directo a la habitación de mi tía —quien había venido desde Colombia para acompañarme en el parto y, además, es médica—. Le dije entre asombro y emoción: “Creo que se me rompió la fuente.”
Ella miró el charco, me sonrió con calma y dijo: “Sí, prepárate.”





